diumenge, 27 de març del 2011

El mercado no existe, o por lo menos no debería existir.

Hace ya unos cuantos años que me invade esa sensación de no saber, realmente, porqué los parásitos del sistema insisten en propagar los dictados del supuesto mercado. De hecho, tengo la certeza de sentirme engañado si pienso que aquello que dice que afirma el supuesto mercado es verdad. Es una situación verdaderamente absurda, ya que sabiendo que no es verdad lo que dicen he llegado a creer que sí lo es.

Esto, aunque parezca inofensivo, es más peligroso que un político delante de un micrófono. No hay más que levantar la vista del libro que lees sentado en el metro, o dejar el móvil en silencio mientras esperas al autobús, y observar atentamente a la gente que te rodea para al poco tiempo empezar a darte cuenta de qué forma cargan con todas esas patrañas. Ves al parado, repasando su currículum camino de la oficina del INEM, y no percibes esperanza sino más bien temor ante cual será el veredicto de uno de los inermes acolitos del tinglado en el que vivimos. Puedes ver a los trajes con patas, maletín y móvil de última generación, monopolizando las aceras de los centros urbanos tras haber infestado de mierda bursátil el ya de por sí mermado sistema que padecemos. Oyes contínuamente vociferar palabras sin sentido y contagiosas, lanzar misiles que destruyen cualquier edificio que esté levantado con cimientos ajenos a sus beneficios, palabras que nos distraen y anulan para, poco a poco, convertirnos en raciones preparadas para ser devoradas por extraños exhumanos.

Por todo esto y muchas más desdichas, creo que el mercado no existe, que no es más que un insoportable ruido que no deja que nos escuchemos, que escuchemos nuestras opiniones, para quitarnos nuestra existencia y así sí, cuando esto ocurre y sólo entonces, existir. Todo depende de nosotros, de los que aún no hemos dejado de existir.

Recuerdo, hace ya unos años, que dos amigos discutían acerca de qué era lo que mantenía viva la existencia del mundo. Uno de ellos, estudiante de economía, creía con religiosa alegría que eran el comercio y el dinero quienes dan lucidez al mundo y determinan nuestra existencia en el futuro. El otro, estudiante de derecho, le corregía que sin leyes que estableciesen las rutas del comerciante, el propósito del negocio no podría ser efectivo y el caos haría peligrar continuidad del hombre en la tierra. Entonces yo, que por aquel entonces era un humilde estudiante de filosofía, les miré y espere a que terminaran su combate para decirles que sin el hombre nada existiría y que sólo el hombre determina su propia existencia.

Así que, aparte de teorías de cuerdas sobre la composición del universo, por lo que respecta a nosotros, nada ni ningún mercado que no sea nuestra madre puede decirnos quienes somos. Pensadlo.